Argentina
8 octubre, 2018

Desde hace unos años, ese conglomerado heterogéneo que llamamos campo viene produciendo energía. Las formas más conocidas son el biodiésel, que aquí se hace de soja y se usa para cortar el gasoil, y el etanol de maíz y de caña de azúcar, que se mezcla con nafta.

Pero más allá de esos biocombustibles, ya hay más de 70 empresas que están generando bioenergía, térmica, eléctrica o ambas (lo que se denomina cogeneración), mientras una decena tiene proyectos en construcción y un centenar en cartera, varios aguardando poder estructurar el financiamiento para concretarlos.

Por estas pampas, un “estímulo” adicional es la emergencia energética en la que entró el país la década pasada cuando pasó de exportar a importar combustibles carísimos. Así, hubo empresas que se embarcaron en iniciativas bioenergéticas, para evitar interrupciones de suministros, porque se preveían un gran encarecimiento cuando se acabaran los subsidios, para poder tener más energía, para mejorar su performance ambiental, para sacarle jugo al tratamiento de efluentes y/o porque vieron la posibilidad de hacer un negocio nuevo con la venta de energía.

La biomasa engloba una gran cantidad de materiales de origen biológico, no fósiles, aunque la palabra suele usarse para la biomasa “seca”, es decir, con escasa humedad, como leña, paja, aserrín, chips, bagazo, cáscaras, etcétera. Estos residuos en general son quemados en hornos o en calderas (aunque también se pueden gasificar). Entre quienes hacen este tipo de aprovechamiento están Aceitera General Deheza (AGD, en la provincia de Córdoba), que hace cogeneración quemando cáscara de girasol y maní; el ingenio y papelera Ledesma (Jujuy) y la Usina La Florida (Tucumán), que utilizan bagazo y malhoja de caña y chips de madera; yerbateras como Las Marías (Corrientes), La Cachuera y Hreñuk (Misiones), que alimentan sus secaderos con chips de madera; varias forestales, como Alto Paraná, Lipsia, Papel Misionero y Tapebicuá, entre otras. También hay proyectos de hacer energía de cáscara de arroz, de marlos y de desperdicios de semillleras, entre otras.

En tanto, la biomasa húmeda engloba los efluentes de algunas plantas (avícolas, criaderos porcinos, feedlots y tambos, frutícolas, agrícolas, papeleras, así como pueden ser residuos urbanos). Con un proceso anaeróbico similar al digestivo, esos desechos generan lo que se llama biogás, otrora llamado gas de los pantanos. Ese biogás se puede usar quemándolo como tal, convertirlo en electricidad, o depurarlo para aislar lo que Alessandro Volta a fin del siglo XVIII identificó como metano (CH4), y utilizarlo como el gas natural convencional, incluso inyectándolo a la red. Como sea, este proceso deja como residuo una gran cantidad de “digerido”, que puede usarse como biofertilizante y sustituir el de origen químico, lo que le da a esta tecnología un argumento ambiental y económico extra.

Trabajan en biogás empresas las avícolas como Las Camelias y Tres Arroyos, feedlots como Biogás Argentina, frutícolas como Citrusvil y San Miguel, la láctea Saputo, y otras de sustratos menos comunes, como Compañía Argentina de Levaduras o Cooperativa Agrícola Mixta de Montecarlo (con residuos de mandioca), entre otras.

Para el especialista en biogás Julio Menéndez, “la fortaleza del campo está en abastecer pequeñas y medianas redes. La generación térmica y la cogeneración son más eficientes, pero hay que diseñar bien los proyectos, porque la banquina tiene dos lados”, advierte. “Tenemos que ser creativos, también para poder estructurar los proyectos financieramente”.

Estímulo oficial

En el Balance Energético Nacional de 2017, las bioenergías representaron apenas el 6,3% del consumo interno, mientras que las fósiles dominan con el 86,5% del total. Para aumentar la proporción de energía renovable (que por Ley 27191/15 debería alcanzar un 20% del consumo en 2025), el Gobierno lanzó el Programa RenovAr, para generar electricidad limpia, que ya acumula tres licitaciones. En total, resultaron adjudicados 18 proyectos de biomasa por 157,62 MW, y 38 de biogás por 65,2 MW.

De ellos, ya están operando comercialmente seis: en biogás, dos de Bioeléctrica (Bio4), de 2,00 y 1,20 MW, a partir de silo de maíz, en Córdoba; Yanquetruz, de ACA (1,20 MW), sobre residuos de porcinos, en San Luis, y San Pedro Verde, de Adecoagro (1,42 MW), con residuos de tambo, en Santa Fe. Los otros dos son de biomasa: Pindó Eco-Energía (2,00 MW), con residuos forestales, en Misiones, y Prodeman (10 MW), con cáscara de maní, en Córdoba.

Este mes se publicarán los pliegos de una licitación de RenovAr para proyectos de pequeña escala, el MiniRen.

Para la experta Mariela Beljansky, “entre otras ventajas, la generación eléctrica a partir de biomasa brinda potencia firme y no requiere de inversiones importantes en el sistema de transmisión y distribución. No obstante, el lugar natural de la biomasa es la energía térmica, donde resulta mucho más competitiva que los combustibles fósiles que sustituye, como gasoil, GLP, fueloil y, en algunos casos, gas natural. De todos modos, es necesario crear un mercado y una cadena de valor de proveedores para estos proyectos, y RenovAr permite que esto ocurra gracias a que da un marco contractual de largo plazo”.

Cambio de paradigma

La bioenergía calza muy bien con lo que los expertos ven como un nuevo paradigma energético, que no solo reemplaza las fuentes fósiles contaminantes, sino también los sistemas de generación, transmisión y distribución de gran escala y enormes inversiones, para pasar a un esquema de más centrales pequeñas de energía limpia y renovable distribuidas en el territorio, y con consumidores más conscientes.

“Estamos apostando a aprovechar los residuos de la agroindustria y darles valor como energía, solucionando pasivos ambientales y generando empleos tanto directos como indirectos, a través de una red de proveedores”, destaca entre otros aspectos Miguel Almada, director de Bioenergía de la Secretaría de Agroindustria.

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